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4 jul. 2011

Tragedia Digital Terrestre



“Apagón analógico”. O lo que es lo mismo, el fin de las emisiones analógicas por parte de las operadoras de televisión. Personalmente, me quedo con “apagón analógico”, una denominación más catastrofista, casi apocalíptica. Evoca a tragedia. Precisamente. Sí, ya sé que a priori ahora disponemos de muchas más prestaciones, ventajas y comodidades con la Televisión Digital Terrestre como una mejor calidad de vídeo y sonido, mayor número de canales por frecuencia o el acceso a contenidos interactivos. Pero también hay algún que otro inconveniente y mi experiencia da fe de ello. El tiempo pone a cada uno en su lugar y la televisión se ha tomado su particular vendetta.

Todo comenzó unas semanas antes del citado apagón. El televisor del comedor ya disponía de un sintonizador TDT, sin embargo, en la cocina, una pequeña y veterana televisión de 14” contaba los minutos para quedar prácticamente inutilizada. Para su fortuna, aterrizó en casa un pequeño mini-receptor que cabía en la palma de la mano y le trajo esperanza y consuelo a la pequeña. El receptor se conectaba directamente en la entrada del euroconector y no tenía botones debido al tamaño, pero incluía un mando a distancia. Realmente era bastante práctico.

Por desgracia, el uso que le daba a la televisión había descendido considerablemente desde hacía cierto tiempo. Apenas la veía. Sólo en ocasiones mientras merendaba o cenaba después de llegar tarde del trabajo y el comedor se encontraba ocupado. Y durante esos momentos solamente veía el canal 3/24, un telenoticias de 24 horas, para mantenerme bien desinformado, pues hay que intentar no levantar sospechas ante el Gran Hermano. Una cosa es ver muy poco la televisión, pero qué menos que creerme las noticias de los mass media. Es preferible no levantar suspicacias. La cuestión es que de los alrededor de 50 canales (of shit, añadiría Roger Waters) a mi disposición apenas veía uno, y muy poco. Si añadimos los libros, la música e Internet, es evidente que la televisión había quedado relegada a un plano muy secundario.

Pero ocurrió. Un día, siguiendo las normas para ser un buen ciudadano, me propuse ver qué no había ocurrido o qué había ocurrido pero de forma muy distorsionada en las noticias del día. Pero al encender el televisor… el horror. El último canal que había sido visto por alguien (preferí no descubrir quién) había sido Telecinco. ¡Qué desagradable! Individuos vulgares y soeces atentaban contra la dignidad de todo telespectador en cierto programa de dudoso valor educativo y que no despertaba en mí otra sensación que la aversión. Rápidamente, localicé el mando a distancia y me hice con él. Hasta aquí había llegado dicha demoníaca influencia. O no. Porque al presionar varias veces el botón para cambiar de canal comprobé que nada sucedía. ¡No podía ser! El sádico destino había querido que el mando a distancia se estropeara mientras el receptor estaba sintonizando tan diabólica emisora. Un sudor frío me recorrió la espalda. Comencé a presionar todos los botones sin darme por vencido, tratando de calmar mi desesperación. Mientras, un tipo infame y arrogante lucía sus músculos y daba rienda suelta a su fanfarronería. Difícilmente algún simio tendría algo que envidiarle. Aún después de aporrear el mando resultaba obvio que era inútil. No había botón que me librara de aquel suplicio. Excepto uno. Lancé el mando con furia contra el suelo y corrí hacia el televisor. Es el fin. Y lo apagué para siempre. Apoyé mi espalda contra la pared y me dejé caer hasta quedar sentado en el suelo. ¡Me dolía el cerebro!

Cada vez que pienso en ello me estremezco y doy gracias por permanecer todavía cuerdo. Y agradezco también no pertenecer a las hordas de ciudadanos manipulados por uno de los más efectivos  y a la vez crueles y despiadados métodos de inhibición del pensamiento del Gran Hermano: la telebasura.

Hasta cierto punto me someto, como todos, pero mediante sistemas algo más light.