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19 abr. 2011

Viejo amigo

A su orden, los hombres derribaron la puerta y entraron estruendosamente. El sonido de sus pesadas botas pisando hacía retumbar el suelo y rompía el silencio que hasta entonces había reinado allí.

Cruzó el umbral de la puerta con paso tranquilo. Dentro, el aire era denso y el ambiente estaba excesivamente cargado, muestra evidente de la escasa o nula ventilación de la que habría disfrutado la vivienda en muchos días, semanas quizá.

Fue atravesando el oscuro y angosto pasillo dejando atrás dos habitaciones. La primera la encontró abierta a la izquierda. Era la cocina. Varias latas de conserva se amontonaban abiertas y vacías en la mesa, junto a dos sucios platos. En el interior de un armario sin puerta se podían distinguir unas pocas latas más esperando que les llegara su inminente hora y un trozo de pan de considerable mal aspecto. Con media sonrisa, pensó que probablemente un pedazo de madera sería más tierno que aquel pedrusco custodiado por moscas. La siguiente habitación la encontró a la derecha. La puerta apenas estaba abierta, pero no fue necesario mirar para descubrir que se trataba del baño. Del interior surgía un repulsivo olor de excremento mezclado con agrio vómito y en su rostro se dibujó una fea expresión de asco.

Unos metros más adelante encontró, por fin, su destino. A su izquierda se hallaba el comedor de la casa. Unos débiles rayos de luz se escurrían entre las lamas de las persianas, permitiéndole contemplar la escena.
Una sucesión de imágenes y recuerdos se abalanzaron dentro de su cabeza y le condujeron a la memoria una vieja historia que el tiempo se había encargado de enterrar en un lejano pasado.








Era una mañana de julio y el sol brillaba esplendoroso en el cielo de Rotemburgo, una pequeña ciudad de pasado medieval al oeste de Baviera. Joachim, un niño de 11 años, apenas había terminado de beberse su correspondiente vaso de leche matutino cuando escuchó como picaban a su puerta. Se apresuró en ir a la habitación de sus padres, donde encontró a su madre cosiendo un pantalón que él mismo había desgarrado.

-Mamá, me voy a jugar con los chicos.

-Esta bien, te quiero en casa a la hora de comer y ten cuidado con ese pantalón que es nuevo.

-Vale mamá, lo tendré- le prometió, mientras se acercaba a ella y le besaba en la mejilla.

Joachim era un chico muy respetuoso y sobretodo con sus padres. Por norma general, siempre les pedía permiso para salir a cualquier lugar, pero durante las vacaciones escolares de verano la rutina diaria consistía en dejar lista su habitación, desayunar y salir a jugar a la calle con sus amigos hasta el mediodía, por lo que, salvo en circunstancias excepcionales, en aquella época del año no le era necesario pedir la autorización de sus progenitores.

Corrió hacia la puerta y abrió. Sorprendido, solamente se encontró a un chico rubio, de piel muy clara y regordete sonriendo de oreja a oreja. Era Eldwin, su mejor amigo.

-Hola Eldwin, ¿dónde están los demás? –preguntó extrañado.

-Hoy vamos tú y yo –respondió a secas.

-¿Cómo que tú y yo? Si habíamos quedado todos, como siempre.

-Ya, pero hoy vamos a hacer algo diferente.

-¿Diferente de qué? –Joachim comenzaba a intrigarse.

-Deja de preguntar. Ven conmigo y te cuento.

Joachim cerró la puerta y siguió a Eldwin. No podía negar que se moría de ganas de saber lo que éste tramaba, pero ese acento misterioso y confiado del que había teñido sus palabras le hacía saber, ciertamente, que no soltaría prenda hasta que llegara el momento oportuno. Así que Joachim optó por ser paciente y no insistir.

Mientras cruzaban el puente que atravesaba el río Tauber, Joachim miró hacia el agua y se sorprendió al ver el reflejo de los rayos del sol sobre su cabeza. Sonrió pensando que parecía un santo de esos que algunas familias tienen en sus hogares, con el aura brillando sobre su cabeza. En su casa no tenían ninguno. ¿Sería él un santo y por eso sus padres no tenían porqué comprar ninguno? De eso no estaba del todo seguro, pero, de todos modos, aquellas figuras, estampas y cuadros tampoco sabían lo que realmente eran.

-Nos marchamos este año -dijo de repente Eldwin, interrumpiendo los pensamientos de su amigo-, probablemente septiembre.

-¿Qué? –exclamó Joachim -¡Pero si dijiste que sería el año que viene, si es que os ibais!

-Ya, pero las cosas han cambiado. Mi padre tiene que trasladarse urgentemente a Núremberg y nosotros iremos allí en un mes o dos.

Por supuesto que sabía lo de Núremberg, no le pillaba por sorpresa, pero no era nada seguro, solamente una posibilidad, así que durante ese tiempo no se había preocupado por ello. Era un duro golpe para él, sentía ahora una gran losa que le oprimía. ¿Le separarían de su hermano? Se formó un nudo en la graganta de Joachim y luchó por no dejar libres a sus lágrimas. Ambos se habían detenido en mitad del camino. Joachim sólo miraba al suelo, evitando como pudiese cruzar la mirada con la de su amigo. Eldwin se mordía el labio inferior sin saber que decir. Finalmente, éste rompió el silencio.

-Bueno, tampoco estaremos tan lejos. Seguro que podrías venir a pasar las vacaciones con nosotros. Además, podemos enviarnos cartas.

Joachim no contestó, seguía con la mirada fija en el suelo.

-Mira Joachim, yo tampoco quiero esto. No quiero irme de aquí y menos en tan poco tiempo. Hasta ayer no me enteré y no sabía como decírtelo, pero creo que tenías que saberlo hoy mismo. Lo siento.

Eldwin, abriendo los brazos, se acercó al otro y le abrazó, a lo cual fue correspondido por Joachim, que aprovechó para secarse sin ser visto las dos lágrimas que no había podido contener. Así permanecieron por un rato.

-Bueno, cuéntame ya tu estúpido plan.

La voz sonó tan aguda que no parecía la suya y ambos comenzaron a reir a carcajadas. Por lo menos, se libraron de la tensión emocional por el momento.

-Está bien, escúchame. Nos colaremos en la finca del ‘Loco Müller’ y…

-¿Se te ha ido la cabeza?  –exclamó escandalizado Joachim -¡No voy a poner un pie en la finca de Herr Müller! ¡Es peligroso!

-Tranquilo, tranquilo. Escúchame antes de decir nada. Jürgen y Klaus estuvieron allí la semana pasada y cavaron por su terreno. ¿Adivinas qué encontraron? ¡Un reloj de bolsillo de plata!

-Vamos, Eldwin. Sabes que no me creo las leyendas sobre Herr Müller, y menos que esconde tesoros en su terreno.

-¡Está loco, Joachim! ¡Loco! Y vi el reloj con mis propios ojos –seguía insistiendo-. Me dijeron que hoy iba a la ciudad, así que tenemos tiempo para buscar algo.

-¿Y el perro, qué?

-Cuando va a la ciudad se lo lleva. Por lo único que hay que preocuparse es por encontrar algo que valga la pena.

Eldwin iba ganando terreno.

-Eldwin, no me hace ninguna gracia. No podemos entrar allí, y si nos pillaran nos matarían.

-Por favor, Joachim. Hazlo por mí. Será nuestra última gran aventura –suplicó-. Además, lo que encontremos siempre nos recordará el uno al otro. Por favor…

-Está bien… -gruñó Joachim, accediendo a regañadientes al chantaje emocional.

-¡Ese es mi Kimi! ¡Choca! –exclamó con alegría.

-Vale, pero no me llames Kimi, sabes que no me gusta.

-Está bien, Kimi.

Joachim suspiró y emprendieron el camino de nuevo. Desde luego, no le importaba lo más mínimo si Herr Müller tenía tesoros o no. Y si los tenía, bien podían pudrirse eternamente en el patio de aquel cuchitril. Pero Eldwin se iba. Era consciente de que difícilmentele volvería a ver y le estaba pidiendo un último favor. No podía negarse.

Hacía ya bastante rato que habían dejado atrás la ciudad y parecía que los prados eran interminables. Durante el camino hablaron de muchas cosas. Desde los recuerdos de sus primeras travesuras como amigos, hacía ya unos años, hasta las veces en que se habían encubierto mutuamente ante sus respectivos padres, pasando por Ingrid, la dulce chica de la que Eldwin haría bien en comenzar a olvidarse.

Por fin llegaron a su destino. La casa del ’Loco Müller’podía pasar, siendo generosos, por una choza, pero de casa no tenía nada. Se caía a pedazos. Estaba rodeada por un pequeño muro de piedra oscura, no muy uniforme, de alrrededor de medio metro de alto, sobre el cual se alzaba una verja formada por gruesos barrotes de hierro que acababan en amenazantes puntas.

-Creo que me tendrás que ayudar –pidió Eldwin.

Se subieron al muro y Joachim entrelazó sus manos para que su amigo las pudiera utilizar de punto de apoyo. Ya en lo alto de la verja, Eldwin giró su cuerpo y se colgó de ella, posteriormente dejándose caer de forma patosa y levantando una polvareda. Joachim, en cambio, que era más delgado y notablemente ágil, con un movimiento rápido y elegante ya se encontraba en el interior de la finca.

-¿Por dónde empezamos? –preguntó Joachim.

-Probemos por sitios distintos. Tú busca por aquí y yo lo haré al otro lado de la casa.

Joachim se arrodilló y comenzó a cavar con las manos mientras veía como su amigo daba la vuelta a la esquina de la choza, buscando un buen sitio.

-Qué fantástica idea –gruñó Joachim para sí mismo-, colarnos en el terreno de Herr Müller para buscar un tesoro…

Estaba ensuciándose, así que decidió cambiar de posición, su madre ya le había avisado con respecto a sus pantalones. Se incorporó y se sacudió la ropa. Al hacerlo pudo ver como una silueta se acercaba hacia su posición. Maldita sea, ¿sería Herr Müller?

-¡Corre!

El chico, alarmado, se giró y vio a Eldwin corriendo hacia él, huyendo de unos amenazantes ladridos.

-¡Corre, Joachim!

Fue entonces cuando pudo comprobar la procedencia de los ladridos. Un fiero rottweiler perseguía a Eldwin. Los ladridos eran estremecedores y su tamaño, descomunal. ¡Era Cerbero, el perro de Hades!

Joachim se apresuró y, casi de un salto, subió a lo alto de la verja.

-¡Vamos, Eldwin!

El pobre corría torpemente y no le llevaba mucha distancia al perro.

Ya casi estaba.

Subió al muro.

-¡Ayúdame, por favor! –pidió totalmente aterrorizado.

-¡Coge mi mano, vamos!

Eldwin se agarró de su mano y trató de subir pero la bestia ya estaba allí. Con fiereza, le atacó mordiéndole el tobillo derecho, haciéndole gritar y soltar la mano de su amigo. La sangre que comenzó a brotar del tobillo resbalaba hacia abajo, manchándole el blanco calcetín.

No había más que pensar. Desde lo alto de la verja, Joachim se lanzó contra el animal, liberando así a Eldwin de sus mandíbulas. La caída le dejó mal cuerpo y se propinó un buen golpe en la cabeza, pero el hombro se llevó la peor parte, le dolía a rabiar. La bestia se revolvió y se abalanzó sobre su agresor. Joachim apenas tuvo tiempo para protegerse con el brazo, como acto reflejo. Y el mundo se sumió en la oscuridad.

Eldwin se trasladó a Núremberg al mes siguiente y no volvió a ver a su amigo. Hasta ese día, permaneció siempre a su lado en la recuperación. El ataque del perro provocó heridas muy graves en la mano derecha de Joachim. Sus dedos anular y meñique tuvieron que ser amputados. Afortunadamente, la llegada a tiempo de Herr Müller evitó que los daños pudiesen haber sido aún más graves.






Y allí se encontraba ahora. En aquel sucio comedor, donde apenas entraba la luz del día y con ese hombre sentado en una vieja silla de madera con la mirada perdida.

-¿Es este el sujeto? –preguntó unos de sus hombres.

Asintió.

Aquel hombre seguía con la mirada completamente perdida, en un estado casi catatónico.

Dio dos pasos, acercándose al hombre, sacó de su cartuchera una pistola P38 y le quitó el seguro. Extendió el brazo. El cañón del arma besaba la frente del hombre. El frío del metal recorrió su cuerpo y le resucitó. Alzó la vista y ambos conectaron sus miradas.

Apretó el gatillo.

El hombre se desplomó en el suelo. La sangre que manaba de su cabeza fue formando un charco en el suelo que llegó a bañarle su mano, ya muerta. Una mano mutilada a la que le faltaban dos dedos.

Sus hombres observaban impasibles.

-Un perro judío menos. Andando.

Los hombres comenzaron a desfilar y él tras ellos. Se dio cuenta de que una gota de sangre había salpicado en la solapa de su uniforme de color gris pálido, justo junto a la insignia bordada donde se podían distinguir las letras SS rúnicas. Sacó de un bolsillo un pañuelo e intentó limpiarla. Mientras lo hacía, no pudo evitar que se dibujara una sonrisa irónica en su rostro mientras pensaba en el significado de su propio nombre, Eldwin: viejo amigo.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Sorprendente Ferrer, me gusta.

Dante dijo...

Increíble. Y la narración a buen ritmo, sin hacerse tediosa en ningún momento. Me ha encantado el final.

Enhorabuena Sergio. Esperamos la siguiente.

Naana dijo...

Muy atrapante, me gusto.
Bso enorme, y cuando quieras te podes pasar por mi blog.

Noeh-chan dijo...

Oh, dios... solo puedo decir que ha sido... Increíble. No me esperaba ese final para nada.
Y tu forma de escribir... Genial.
¡Espero que subas de nuevo algo pronto!

xeck dijo...

Muy interesante. Es algo que valdría la pena 'novelar'. Piensa en hacerlo ;). Te invito a seguir pasándote por El reloj de Onira ^^

Sergio Ferrer dijo...

Muchas gracias. Y no dudes que seguiré con tus capítulos.

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